La otra vuelta al cole

La otra vuelta al cole

Para muchos la vuelta al cole supone una nueva ilusión, un volver a empezar con la rutina, reencuentros con amigos, estreno de materiales o simplemente puede suponer el final inevitable de las vacaciones. La catarsis del inicio de curso parece que ya ha pasado. Los chicos y chicas intentan coger el ritmo, acomodarse a los horarios, seguir el devenir de la escuela, hacerse a los maestros y a las asignaturas de turno. Además, comienzan las extraescolares, tardes y tardes de vueltas y actividades. Todo vuelve a la “normalidad”.

Esa normalidad que muchos piden a gritos puede convertirse en toda una odisea cuando de diversidad funcional se trata. Y es que para muchos otros chicos y chicas y sus familias comenzar el cole y esa rutina necesaria puede llegar a convertirse en un infierno. El esfuerzo de la mayoría de estos chicos se tiene que multiplicar por tres para alcanzar lo mismo que sus compañeros o para llegar a tener las mismas oportunidades. Cada curso da la sensación de tener que comenzar de cero, de tener que demostrar las capacidades continua y rápidamente para que no aparezcan los prejuicios y tras ellos, las etiquetas. Las familias se afanan e impacientan para coger las primeras tutorías, poder reunirse con los equipos de orientación, con los especialistas de atención a la diversidad para intentar exponer las dificultades de sus hijos y pedir los apoyos necesarios, pedir o casi rogar que se les den oportunidades, las mismas que a sus compañeros. Estas familias son ya conocidas por su insistencia, por su continua preocupación, y por sus peticiones, pero, es que, de no ser así cuando se vienen a dar cuenta el trimestre ha volado, los prejuicios y las etiquetas ganan la batalla, los chicos empiezan a suspender exámenes y se abre paso al estigma.

Curso tras curso oyendo las mismas o parecidas respuestas: falta de recursos, falta de medios, limitaciones… en definitiva, la vulneración de los derechos de muchos niños y niñas. Todo esto se traduce para las familias en un agotamiento prematuro frente a un curso recién estrenado.

Mientras esta lucha se deviene en los despachos, los chicos de estas familias, que en su mayoría sufren trastornos invisibles, sobreviven como pueden para que la presión no les hunda, se esfuerzan en mantener la atención, aun teniendo muchas dificultades, intentan seguir el ritmo sin que la dispersión les inunde y la falta de inhibición los lleve a despuntar mucho en el aula. Muchos de estos chicos, en sus tardes dejan de poder asistir a actividades de ocio como el resto de sus compañeros por asistir a terapias, a entrenar y reforzar lo que a los demás les sale de forma natural. Estos chicos tienen que pasar largas horas en casa haciendo lo que no les ha dado tiempo en clase por sus dificultades, por su dispersión, por su trastorno… El esfuerzo es inmenso y no siempre se reconoce.

Por eso, después de este comienzo de curso, hoy dedicamos nuestras palabras a estos valientes que superan cada día miles de obstáculos, a sus familias que no cejan en el intento de ayudarles y apoyarles para que su desarrollo sea lo más positivo posible y sean felices en el cole sin que su autoestima decaiga y, por supuesto, a esos maestros y maestras con voluntad, empatía e implicación que apuestan, que valoran y que tienen sus miradas abiertas para ver las necesidades, apoyar y caminar de la mano de quienes sufren un trastorno invisible respetando los ritmos de aprendizaje y ofreciendo un enriquecimiento global para toda la comunidad educativa. Porque en la escuela, como en la vida, todos cabemos.

Sonia Acuña

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